Implicaciones de la Nueva Evangelización en la Educación
P. Juan Jaime Escobar Valencia, Sch. P.




Introducción

§ En Aparecida, Brasil, la Iglesia de América Latina renovó su compromiso con la evangelización y asumió la actitud de quienes han de ser discípulos y misioneros de Cristo. Esto se hizo haciendo una lectura del contexto social, económico, político, ecológico de nuestra realidad. Muchos fueron los desafíos que esta mirada a la realidad planteó a la Iglesia. Frente a ellos, la determinación fue renovar el compromiso con el anuncio valiente de la Buena Nueva y de todo lo que ésta implica.

§ Ahora bien, ¿qué implica la opción de la Iglesia por la Nueva Evangelización para las instituciones educativas? En los últimos años las Diócesis han lanzado proyectos diversos, han formado grupos parroquiales, han dinamizado ministerios laicales, han querido comprometer a los presbiterios con planes pastorales intensos; pero, las instituciones educativas, más allá de conservar las clases de religión (con este nombre o con otro más abstracto o políticamente correcto), de hacer énfasis en unos valores humanos que tienen trasfondo cristiano y de ofrecer algunos espacios de vivencia o celebración espiritual, ¿qué se plantean como compromiso con la Nueva Evangelización?

§ Creo que, en la práctica, hay un cierto desconcierto al respecto, pues quizá lo que se espera de la educación es que eduque y no tanto que evangelice. Hasta algunos obispos han ido erradicando de las escuelas católicas las primeras comuniones y las confirmaciones, presionados por sus presbiterios para que se establezcan las parroquias como lugar natural de la vivencia de la fe. Si el lugar de los sacramentos tendría que ser más la parroquia que la institución educativa, ¿no debería ser también la parroquia el lugar de las diversas catequesis (infantil, juvenil, matrimonial, familiar, social, etc.) y, en general, de la formación en la fe? Siendo así, ¿qué lugar le queda a la educación en la evangelización?

§ Creo que este es un punto en el que difícilmente todos estaremos de acuerdo. Me consta que las posiciones van desde el extremo de decir que la educación católica no debe ir más allá de ofrecer una enseñanza de calidad con un trasfondo de valores humanos esenciales (implícitamente cristianos), hasta quienes querrían que la educación fuera tan confesional que fuera necesario que familias, docentes y estudiantes vivieran con intensidad y profundidad los diversos elementos de la fe como signo o hasta condición de pertenencia a una institución educativa.

§ Comprendiendo los criterios de quienes consideran que la educación debe solo educar, creo que nuestra labor educativa tiene un grave compromiso con la evangelización, el cual no se puede diluir en simples valores humanos y poco más.

A continuación voy a presentar los elementos que considero necesarios para plantear un compromiso de la educación con la Nueva Evangelización.





1. El valor de tomar la decisión de evangelizar en la educación

§ La educación vive hoy una coyuntura muy diferente a la vivida en otras épocas ante el hecho de la evangelización. La experiencia religiosa era en otros tiempos un elemento que hacía parte de lo que podríamos denominar “el paquete cultural” que la sociedad y, sobre todo la familia, transmitían a sus niños y jóvenes. No se esperaba que la educación iniciara a las personas en la fe ni que las abriera a una primera experiencia de Dios. Bastaba con que complementara lo enseñado al respecto por la sociedad y por la familia. La educación ofrecía clases de religión que no pretendían comenzar la experiencia de fe ni se planteaban lograr conversiones, sino que simplemente ayudaban a configurar un básico bagaje de cultura religiosa que se debía tener. Esto, al lado de una insistencia en unos valores humanos que también eran anunciados inicialmente por la sociedad y por la familia, y complementado por algunas celebraciones, prácticas, encuentros, convivencias, retiros o grupos, era lo que se esperaba de la labor evangelizadora de la educación.

§ El cambio de sociedad llevó a que el esquema anterior entrara en crisis por diversas razones: familias sin opción de fe que ya no iniciaban en la fe a sus hijos, niños y jóvenes que llegaban a las instituciones educativas sin conocer a Dios y, en ocasiones, con resistencia a Dios, desmotivación de muchos chicos por el tema religioso y hasta aversión por el mismo, poco gusto de los mismos por participar en celebraciones litúrgicas, poco éxito de actividades como encuentros, convivencias y retiros. Y todo esto en el marco de una sociedad que dejó de verse a sí misma como inspirada en valores cristianos y que hasta ha llegado a proponer la ausencia de posiciones religiosas como algo más elevado intelectualmente, más científico, más liberal, menos retrógrado y anticuado.

§ Existe una cierta tendencia a aceptar lo espiritual como una opción privada e individual, no necesariamente religiosa ni confesional; pero pareciera que lo que espera la sociedad de hoy y la familia de hoy de la educación católica es más inglés, más ISO-9000, más tecnología, más intercambios con Estados Unidos o Canadá, más atención a problemáticas juveniles y un anuncio de unos valores asépticos, sin fondo religioso, que sean más o menos válidos para todos.

§ Tal vez por eso es que la educación católica viene atravesando una crisis en su papel evangelizador. Las clases de catequesis se han reconvertido en cursos sobre historia de las religiones, los retiros se han transformado en talleres de liderazgo, los grupos juveniles cristianos se han cambiado por voluntariados sociales, la dirección espiritual ha pasado a ser asesoría psicológica y los sacramentos se celebran para un pequeño grupo que asiste, mientras los demás tienen actividades lúdicas o culturales. Más aún, en muchas instituciones educativas católicas, los religiosos y religiosas o sacerdotes que hace cuarenta años eran el alma de tales escuelas, hoy en día son asesores pedagógicos en la distancia, personas encargadas de la gestión o administración o figuras envejecidas que prestan el servicio de conceder alguna resonancia carismática a la obra.

§ Lo fácil es renunciar a evangelizar. Aduciendo la poquedad de miembros de las familias religiosas, lo difícil que es hallar laicos comprometidos con su fe y todas las dificultades con las familias y los chicos de hoy, lo más sencillo es renunciar al elemento evangelizador y ser simplemente buenas instituciones educativas que educan ofreciendo un difuso sabor a fe cristiana de manera implícita.

§ Por eso, la primera opción es la opción por evangelizar y para ello se requiere valor. La evangelización no la pide ni la sociedad ni siquiera la familia, la pide la Iglesia y ella la pide, porque la pide Cristo. No ofrecemos algo popular. Ofrecemos algo muy valioso que, lamentablemente, no es valioso a los ojos de la gente. Y sin embargo, si no evangelizamos, no solo olvidamos un compromiso esencial de nuestra fe como discípulos y misioneros, sino que despojamos a la educación católica de aquello que la hace diferente de las demás opciones educativas.


¡Es hora de despertar al mundo!

2. El valor de poner a Dios en el primer lugar y a Cristo en el centro

§ La gran pregunta es: ¿qué lugar ocupa Dios en nuestra labor educativa? ¿Qué lugar ocupa Jesucristo? Es muy posible que respondamos rápidamente diciendo que Dios ocupa el primer lugar y que Cristo está en el centro de toda nuestra actividad; pero creo que, en la práctica, en la vida real, en la cruda experiencia cotidiana, Dios y Cristo no son fundamentales. En la educación católica existe una tendencia a dejar a Dios en un lugar ornamental: se trata de un bello adorno que completa el conjunto decorativo y que junto con las competencias, los estándares, la tecnología, los idiomas, los intercambios, los derechos humanos, el discurso de género, el arte y los deportes, da la impresión de que hemos atendido a todas las posibles dimensiones humanas. Pero lo dramático es que es un adorno, no más que ello y la prueba de eso es que se puede quitar y no pasa nada, se puede prescindir de Dios sin que haya consecuencias. En la educación católica Dios ha pasado a ser un valor agregado, un “además-de” que si está, completa el conjunto, y que si no está, todo sigue funcionando y teniendo sentido.

§ Cuando Dios no ocupa el primer lugar, no ocupa ningún lugar en absoluto. Así mismo, cuando Cristo no es el Señor, el Salvador, el Redentor, no pasa de ser un hombrecito bueno que, en el mejor de los casos, muestra una vida ejemplar como también lo hacen Martin Luther King, Gandhi, Mandela y muchos hombres y mujeres más de la historia.

§ El punto es, ¿por qué evangelizar, por qué anunciar al Dios Padre revelado en Nuestro Señor Jesucristo? Porque solo en el amor de Dios revelado en Cristo Jesús existe respuesta para el verdadero y más hondo y estructural problema del ser humano: el pecado.

§ Después de haber ocupado el puesto central en la espiritualidad, la teología y la reflexión cristiana, el pecado ha entrado en desuso en cuanto tema de meditación. Es más común hablar del amor de Dios, del ejemplo de vida humana que nos ofrece Jesucristo o del proyecto del Reino como algo por hacer o por construir; pero el tema del pecado parece cosa superada, tema de otros tiempos e incluso de ideologías retrógradas o reaccionarias.

§ El pecado se ha difuminado, desvanecido o descafeinado en problemáticas de tipo social o estructural. La guerra, la injusticia, la inequidad, la destrucción del medio ambiente, la violencia de género, la xenofobia, han pasado a ser los problemas que concitan nuestra atención. Y no es que no sean problemas, y, sobre todo, no es que en el fondo no sean consecuencias del pecado; pero el problema de estas realidades estructurales o sociales es que pareciera que no son personales. Son situaciones realizadas o producidas por entelequias abstractas (las estructuras sociales injustas, los grupos de poder, la burguesía, el machismo, las mafias, el crimen internacional, el libre mercado) y no por personas concretas. Y sobre todo, no son realidades causadas por uno mismo, por el propio pecado. Por eso sucede algo paradójico: continuamente reconocemos que existen un montón de problemas que a la larga nos muestran el misterio de la maldad, pero pareciera que nadie en concreto (salvo algún monstruo particular que de vez en cuando sale en los medios: un asesino serial, un violador depravado, un dictador sin escrúpulos, un pícaro de Wall Street, un energúmeno que mata a su esposa) comete el mal.

§ Así las cosas, hemos ido perdiendo la conciencia de que el verdadero problema, el más grande y radical problema de la vida humana es el pecado, justamente porque es lo que intrínsecamente, desde dentro mismo del ser humano, destruye la humanidad. Hay muchas cosas que hacen daño desde fuera a las personas; pero el pecado habita en lo profundo del ser humano, es parte de uno y tiene el poder de destrozar todo lo que se es y, a partir de ahí, hacer un daño infinito en el mundo y en los otros, empezando por los más cercanos y por los aparentemente más amados por uno.

§ Se trata, además, de un pecado manejable, superable, sanable, salvable para la humanidad por el esfuerzo de la misma humanidad. Las dificultades de orden social se arreglan con cambios estructurales, revoluciones, sociedades del bienestar, metas del milenio, solidaridad internacional, ONGs, voluntariados y cosas por el estilo. Los problemas de violencia, agresión crueldad y delincuencia se enfrentan desde una ética civil, desde el Derecho Internacional Humanitario, los derechos humanos, y unos valores sin experiencia vital detrás de ellos (sin fe, sin religión, sin pasado cultural), unos valores abstractos, políticamente correctos, para no ofender los sentimientos de nadie. Por último, las dificultades humanas más íntimas, las que tienen que ver con la emocionalidad, la afectividad, la sexualidad y la culpa, se pueden enfrentar con autoayuda, psicología clínica, recursos bioenergéticos, psiquiatría, meditación trascendental, yoga o medicinas naturistas. En todo caso, el pecado y sus consecuencias no necesitan ni de Dios ni de Cristo Salvador, nosotros sabemos qué hacer y podemos hacerlo.

§ Ahora bien, si el pecado ya no es tema central, grave, gravísimo, y nosotros mismos podemos hacerle frente con nuestros recursos y nuestra voluntad, entonces la salvación que ofrece Jesucristo, el perdón y la expiación de nuestros pecados, ya no son el gran tema de la fe. Un pecado descafeinado implica al mismo tiempo una experiencia de una salvación que salva de poco o de nada. Valdría la pena hacernos esta pregunta: si el pecado no es el gran drama del hombre, si creemos que el hombre por sí mismo tiene respuesta para él, ¿para qué sirve Cristo, para qué sirve el amor de Dios, para qué sirve ser perdonados por Él, para qué sirve el sacrificio de Cristo en la cruz, para qué el haber sido lavados en la sangre del Cordero? No es extraño que el mundo actual no se tome ni siquiera la molestia de ser ateo. Para ser ateo hay que reconocer de alguna forma la importancia de Dios, al menos para negarlo. El mundo de hoy simplemente considera innecesario a Dios, inútil, inservible y, por ende, prescindible. Lo cierto es que Dios ha salido de las casas, de las familias, de las escuelas, de las sociedades y de los corazones y no ha pasado nada. Parafraseando el título de una película reciente: “Los niños están bien”. Dios ha desaparecido como desapareció la regla de cálculo en las aulas escolares: simplemente porque ya no hace falta, ya no se usa, ya no sirve para nada.

§ El pecado estaba en el centro de la predicación, obviamente no por sí mismo, sino porque el lugar donde se experimentaba la presencia de Dios, su elección, su predilección, su poder y, sobre todo su amor, era en el perdón de los pecados. Solo Dios era capaz de vencer al pecado, solo Dios, por Jesucristo Salvador, había logrado derrotar el poder del mal, solo Él podía perdonarnos, solo Él podía salvarnos y solo Él podía darnos nueva vida.

§ Por eso, Cristo queda en un lugar anodino. No pasa de ser un hombre admirable, comprometido con la realidad de su tiempo, con una bonita experiencia religiosa fundada en las mejores tradiciones proféticas y que ofreció un mensaje de esperanza a los campesinos oprimidos por el feudalismo herodiano. Pero ese Cristo no es una respuesta para el hombre y la mujer del siglo XXI, no murió por mí, no resucitó por mí (de hecho, a lo mejor ni siquiera resucitó), no me perdona mis culpas, no lava mis pecados con su sangre, no me libera, no me da nueva vida, no me promete la Eternidad ni me la puede dar. Solo es un hombrecito ejemplar, uno más entre muchos, que ni siquiera podemos anunciar demasiado, pues podríamos ofender a los que no creen en Él. Es casi un Donnadie, un bueno-para-nada, un bonito hombre inútil.

§ Como educadores cristianos necesitamos volver al primer y fundamental sentimiento de la vida cristiana: Cristo lo es todo, sin Él no somos nada, solo Él tiene palabras de Vida Eterna, lejos de Él nada tiene sentido, solo Él es nuestro Salvador, sin Él estamos perdidos y vale la pena seguirlo, porque no es lo mismo vivir con Él que sin Él.

§ Entender así las cosas supone partir de las siguientes claridades de fe: El pecado no es un problema secundario. Es el gran problema de la humanidad. Y, en concreto, es el gran problema de la vida. Amenaza todo lo que yo realmente soy, mi bondad esencial.

El pecado es un problema personal y no un problema abstracto, proveniente de entelequias sin nombre. Si las estructuras o las sociedades tienen pecado, es porque tales estructuras y sociedades han sido hechas y habitadas por personas que llevan en sí mismas la fuerza del pecado. Por eso, pretender reformar las estructuras, sin tocar la interioridad pecaminosa de las personas, es contrarrestar los efectos sin dar una solución a las causas.

El pecado es un problema inmanejable para el ser humano. Los diversos recursos humanos, las ciencias y nuestros conocimientos, coadyuvan a enfrentar el pecado, pero no curan la raíz empecatada que llevamos dentro. El pecado excede las posibilidades del ser humano. Somos inteligentes, capaces, brillantes, geniales; pero no podemos solucionar por nosotros mismos el problema del pecado.

Por ende, solo Dios puede perdonar pecados y solo Cristo es nuestro Salvador. Sin el amor de Dios, amor que es fundamentalmente perdón y que se experimenta y siente como amor en el perdón, nada tiene sentido.

Porque el amor de Dios o es amor que perdona o no es nada, al menos, no es nada esencial. Si Dios simplemente nos ama, como tanta gente que nos ama, es solo uno más que nos ama y ¡qué más da el amor de uno más! Por eso no es extraño que prefiramos ser amados por personas más cercanas y más concretas, un buen amigo o amiga, una pareja, unos hijos. Si Dios solo nos ama como nos ama cualquiera que nos ama, su amor se puede dejar por otros amores más cercanos. Pero el amor de Dios no es cualquier amor. Es el único amor que nos ama cuando no somos amables, que nos ama justamente por no ser amables, que nos ama allí donde somos repugnantes o monstruosos. Su amor es el único amor que no nos pide cambiar para ser dignos de ser amados, sino que nos transforma en criaturas nuevas al amarnos. Su amor es el único amor que nos cambia no para que seamos a su gusto, sino que nos transforma para que podamos ser nosotros mismos y no esa caricatura entristecida que somos cuando estamos degradados por el pecado. Y, sobre todo, el amor de Dios es el único amor que paga el precio máximo del amor por cada uno de nosotros: la vida entregada del absolutamente inocente, Su vida, todo Él por mí.

§ Por eso, aunque suene anticuado y pasado de moda, vale la pena responder así a la pregunta de por qué evangelizar, por qué hablar de Dios en la educación, por qué enseñar a Cristo a los niños y jóvenes: porque queremos que encuentren la salvación. Pues solo en Dios descansa el alma humana. Anunciada esta Buena Nueva, la gran Buena Nueva, caben todas las demás, la de la dignidad humana y la de la vida y la de la familia y la de la actividad nuestra y la de la ecología. 
Pero la Buena Nueva por excelencia, es la Buena Nueva de la salvación.



3. El valor de ser testigos

§ El problema es que la Buena Nueva de la salvación no se anuncia mediante funcionarios, técnicos, expertos o facilitadores. Tampoco se trata de estrategias educativas: clases, encuentros, convivencias, retiros, cursos, actividades, grupos, campamentos. En el punto del anuncio de la fe, las instituciones educativas hemos caído en dos situaciones: por un lado, hemos confiado la labor evangelizadora a terceros capacitados gnoscionalmente, intelectualmente en una religiosidad o espiritualidad de conceptos claros y distintos, y, de otra parte, hemos creído que el éxito evangelizador estaba en abrazar alguna estrategia concreta que a otros les hubiera dado resultado.

§ Y sí, las ideas acerca de Dios alborotan el cotarro, promueven debates, invitan a los chicos y chicas a expresar lo que piensan y, la mayor parte de las veces, a intentar justificar el por qué no creen, o no creen haciendo parte de una experiencia religiosa. Pero no suelen ayudar a descubrir como Salvador personal a Cristo y como amor de todo amor a Dios su Padre. Y de un campamento se puede regresar lleno de experiencias y con los ojos llenos de lágrimas conmovidas ante el valor de los pobres, o después de un “Encuentro con Cristo” puede haber un cierto calorinterior, o al terminar un curso de líderes cristianos con valores, puede haber un deseo de asumir un cierto compromiso social. Pero nada de eso supone necesariamente una auténtica experiencia de conversión; esto es, considerar basura y pérdida lo que se tenía y era, al lado de lo grande y definitivo que es haber conocido personalmente a Cristo Jesús como Señor y Salvador.

§ No se trata ni de ideas ni de conceptos ni de estrategias. Se trata de testimonio y para dar testimonio hacen falta testigos. El Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo no se encuentra como fruto de un simple ejercicio intelectual, aunque la mente humana pueda concebir la experiencia de lo divino o lo absoluto. Pero un Dios como el revelado en Cristo, no se encuentra en el raciocinio lógico, sino en la experiencia y vivencia personal, como Israel halló a Dios en su historia de liberación y en su andadura hacia la tierra de promisión.

§ Los testigos han de ser discípulos y misioneros. El discipulado implica haber sufrido una transformación existencial: haber sido y ahora ser. Esta transformación es lo que solemos llamar “conversión” e implica una transfiguración de las estructuras de la persona. Uno vive la vida de manera humana, a la manera de uno, con los criterios de uno, con los valores de uno, con la forma de ver las cosas que uno tiene, con los gustos de uno y según los intereses y propósitos de uno. Ser discípulos supone un descentramiento, implica descubrir otra perspectiva para la vida: la perspectiva desde Él, desde el Maestro, con su corazón manso y humilde, con su lógica ilógica de las bienaventuranzas, con esa determinación de no andar preocupados por lo que se preocupan todos, sino por el Reino de Dios y su justicia. Ser discípulos es descubrir otra manera de ser humanos, Su manera, la de Cristo y es pasar del antes, cuando pensaba como piensan los hombres, a pensar como piensa Dios. Así las cosas, ser discípulos es pasar por un nuevo nacimiento, del agua y del Espíritu, es vivir intensamente el Bautismo, es alimentarse de cada palabra que sale de la boca de Dios, es tener intimidad con el Señor en la oración, es construir comunidad, recibir perdón y celebrar eucaristía. Es vivir con esa otra manera de vivir que el Papa llama “a contra-corriente”.

§ Ser misioneros supone sentirnos enviados a compartir la experiencia vivida queriendo hacer discípulos de todas las naciones según el mandato final del evangelio de Mateo. Para ser misioneros hay que sentir y experimentar algo que hoy en día es difícil encontrar en la educación católica: celo pastoral. No nos puede dar lo mismo que los chicos y chicas encuentren o no a Cristo, descubran o no el inmenso amor de Dios. Obviamente el misionero no pretende imponer lo que ofrece con generosidad y está más que dispuesto a entender que cada ser humano llega a Dios por caminos que solo Dios conoce y en el tiempo que Dios le aguarda; pero el auténtico misionero siente la urgencia de dar a conocer a quien le conoce, de dar a amar a quien le ama y de anunciar a quine le salvó y le sanó y le perdonó y le dio nueva vida. Por eso la labor del misionero no es una actividad profesional, es una vocación existencial: no es lo que hace, es lo que es.

§ Y aquí es donde radica la gran dificultad que afrontamos en la evangelización en la educación: que es factible contratar profesionales de algo (de la teología, de la filosofía, de la psicología, de la sociología, del voluntariado, del liderazgo); pero que carecemos dolorosamente de testigos, de testigos verdaderos, de testigos creíbles, de testigos impactantes, de testigos inspiradores, de testigos llenos de espíritu, de testigos que provoquen ser seguidos o imitados, de testigos que tengan sabor a Cristo, olor a Cristo, rostro de Cristo, sentimientos de Cristo y sean ellos mismos lugar de encuentro con el amor de Dios. Sin testigos, la Iglesia no pasa de ser una institución religiosa. Son los testigos los que hacen de la Iglesia una comunidad viva, ese lugar maravilloso donde cuando dos o tres se reúnen, ahí está el Señor Jesucristo en medio de ellos.

A los niños, a las niñas, a los y las jóvenes parece ser que no les hace falta que se les evangelice. Los vemos y aparentemente están bien. Mientras funcionen los smartphones y se puedan enviar whatsapps, mientras puedan subir fotografías a Facebook o remitir twitts, mientras sus pieles estén lozanas y sin demasiadas estrías, mientras alguien les quiera y no les falte algo que creen importante, parece ser que todo marcha de maravilla. Pero debajo de la costra exterior está el drama de la humanidad. En lo profundo de ellos y ellas, aguardan agazapados los grandes desafíos de eso tan difícil que implica ser seres humanos. Y es entonces cuando se debaten entre el sinsentido o el sentido, entre la violencia o la paz, entre la soledad o el encuentro, entre el rencor o el perdón, entre el egoísmo o el amor, entre el morirse de asco o el vivir con ilusión, entre el esperar solo temporalidad o anhelar vida eterna, entre el arruinar su belleza o el resplandecer como antorchas en medio del mundo. Y para eso, para que brille lo que debe brillar y sean lo que tendrían que ser, es para lo que los evangelizamos, porque no es lo mismo un mundo en el que los jóvenes encuentran a Cristo, que un mundo en el que los jóvenes se marchan con el alma vacía de Cristo.

Juan Jaime Escobar Valencia, Sch. P.

ESPIRITUALIDAD FRANCISCANA



ESPIRITUALIDAD FRANCISCANA
Lo que el Espíritu OPERA en Francisco
Vivir el Evangelio implica una transición de los VICIOS  a las VIRTUDES





SABIDURIA (LA REINA DE LAS VIRTUDES): Saber Pensar, Decir, Obrar y Vincular

SENCILLEZ- SIMPLICIDAD: Evitar los pliegues y dobleces

POBREZA – HUMILDADSaber soltar, saber aceptar las propias fragilidades

CARIDAD – LIMPIEZA DE CORAZON: Saber establecer vínculos saludables con…

OBEDIENCIA: Saber escuchar con atención a…

DISCRECION: Saber reconciliar las polaridades

MINORIDAD: Saber reconocer la condición de creatura
ITINERANCIA: Asumir la condición de peregrino

FRATERNIDAD: Hacer sagrada la relación con los hermanos

ORACION: Saber sintonizar con la operación del Espíritu.
  


TAREA:Identificar el  VICIO DOMINANTE y buscar la VIRTUD que lo polarice



CONCLUSIÓN
Volver AL  NOVICIADO: Año de prueba
Para Francisco PRUEBA es descubrir qué hay en el corazón.

    
      Lo primero es QUERER lo que DESEO poner en práctica. Esto es lo que quiero, lo que deseo poner en práctica”

La PRACTICA; luego el Noviciado es el lugar de entrenamiento del paso de los Vicios a las Virtudes para llegar a ser Profesional (Profesar)
 
La Fraternidad Local como lugar de entrenamiento y asimilación de los tópicos fundamentales de la espiritualidad franciscana (Leyenda Mayor 14,1 Fraternidad abierta a todos los hombres).


Esto es VOLVER AL NOVICIADO.



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